domingo, 9 de junio de 2013

Comunión "londoner"

Queridos, queridas...queridos tod@s!

Nueve meses han pasado desde la última vez que me senté frente al ordenador para soltar unas palabritas sobre mi vida "londoner" y ni que decir tiene que en este periodo de tiempo han ocurrido 1.493.675 cosas. Precisamente la última de ellas ha sido la que me ha hecho llegar al punto de inflexión que me empuja a no dejar morir este blog (porque ni me he hecho rica, ni soy una lumbreras con el inglés, pero a vivencias surrealistas no me gana nadie).

Después de casi dos años aquí, esta mañana he asistido a una comunión católica en Londres; con sus niñas de blanco, sus niños vestidos de adultos, el mítico gesto de las manos apuntando al cielo a la altura de la boca, el "ponte aquí" para la foto, el "ahora con los abuelos", el "sonríe" y el "¿CUÁNDO SE ACABA ESTO?" retumbando por la cabeza de más de uno. Digamos que ha sido una comunión en toda regla. Si por asuntos familiares tengo que asistir a un evento de este tipo el procedimiento a seguir es el siguiente:
          -Buscar una excusa/ocupación de suficiente peso como para anular la obligación no escrita.
          -Si no hay forma de librarse, hay que quejarse sin descanso hasta el día en cuestión.
          -Si entre queja y queja aún no he encontrado un buena excusa que me exima de la asistencia,                               entonces mi mente comienza a crear excusas post-evento (que te ayudan a abandonarlo antes) y                    que para conseguirlas no necesitas ser un lumbreras, sólo tener un poco de vida                                            social.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando dicho acontecimiento no es protagonizado por ningún miembro de tu familia, y en vez de ir como pariente vas como nanny? Pues que te ahorras los primeros pasos para saltar directamente a las excusas post-evento; digamos que sólo quieres hacer presencia part-time ya que la anulación de la asistencia quedaría descartada por normas morales no escritas. He de decir que en ningún caso he ido a trabajar, sino como persona a la que la familia aprecia y, por supuesto, que pasa mucho tiempo con los niños.

Durante todo el curso escolar uno de mis niños, "el rubio" (vamos a llamarlo así para preservar su anonimato), ha asistido "religiosamente" (y nunca mejor dicho) cada miércoles a la catequesis preparatoria junto a su super-mega-fantástica nanny (YO) y su hermano ("el pequeño") y al mismo tiempo su fan número uno. Tengo que decir que para él estas clases preparatorias no eran el mejor plan del mundo porque después de seis horas de colegio, más una extra de Homework club, aguantar durante sesenta minutos la vida y obra de Jesucristo no motiva mucho ni a él ni a la mayoría de seres vivos sobre la faz de la Tierra. Pero en lo que a mi respecta, y desde mi posición de nanny, tengo que decir que es un alivio y una tarde menos que pensar en qué  hacer para mantener distraídas a la fierecillas. Volviendo a la cuestión que nos ocupa y dejando de lado el suplicio de la catequesis, es cierto que el día de la comunión ha sido el más esperado por "el rubio" (hasta que supo que durante sus vacaciones estivales asistiría a ver al Tottenham) y por tanto he vivido una angustiosa y eterna cuenta atrás durante meses hasta llegar al sábado 8 de junio.


Pasó el lunes, el martes, el miércoles, y por si no fuera suficiente, el jueves comenzaron a llegar los familiares desde Holanda y España, y con ellos la revolución a la casa. Miedo me daba ir a trabajar el viernes con los niños alterados como consecuencia de la presencia de abuelos, tíos y primos, pero aún quedaban sorpresas antes del sábado... Como ya expliqué al inicio de esta narración, ante acontecimientos de este tipo suelo poner en marcha varios sistemas de escaqueamiento que he resumido en tres sencillas fases, y concretamente en esta ocasión el más acertado fue el tercero, es decir, inventar alguna escusa post-evento para evitar alargar mi presencia. Mi maravilloso poder de inventiva creó una visita imaginaria a la que no podía dejar sola y a la cual le tenía que mostrar la ciudad del Támesis. Librarme de la cena que tendría lugar después de la misa iba a ser pan comido, pero con lo que yo no contaba es que los padres de las criaturas habían organizado una reunión previa al sábado, para ser más exactos una cena familiar el viernes por la noche para, ya de paso, celebrar el cumpleaños del "pequeño". Por lo tanto, y muy a mi pesar, no me iba a librar del jaleo familiar (recordemos que en ningún caso trabajando sino como invitada, aunque en estos casos no se muy bien qué es lo mejor).

No faltó de nada en esta cena... típico pub británico con su respectivo grupito de rubias a las que se les sube antes de la cuenta el vino blanco y dejan de controlar su tono de voz y sus comentarios (hasta llegar a tirarle los tejos al padre de las criaturas), presentaciones de todos y cada uno de los miembros de la familia, tarta sorpresa, cumpleaños feliz (en esta ocasión en tres idiomas diferentes) y regalos, muchos regalos. Sobre las once de la noche por fín llegó mi momento favorito del día, esos primeros diez minutos en casa después de un día de trabajo en los que puedo sentarme en mi terraza y reflexionar mientras disfruto de un cigarrillo alejada de niños y ruidos. Sin lugar a dudas había pasado lo peor, si había aguantado estoicamente la recepción de toda la familia y la correspondiente cena, la comunión del día siguiente iba a ser pan comido.


Tras unas horitas de sueño (más bien pocas) y los procedimientos necesarios para convertirme en toda una señorita con vestidito y tacones llegó la famosa y temida comunión. Como ya vaticiné la noche anterior fue pan comido. Alrededor de una hora de misa en inglés (es bastante más fácil desconectar cuando no hablan en tu idioma) con un niño de año y medio en mis piernas (gesto que agradecí sobremanera porque me evito levantarme y sentarme continuamente como hicieron el resto de asistentes) todo había acabado. Lo primero que pensé fue en tomarme una cerveza lo más grande y fría posible por lo bien que lo había hecho, pero una sensación muy familiar recorrió mi cuerpo y volví por unos segundos a mi etapa estudiantil. Fue como si acabara de terminar un examen importante, y tal y como me pasaba en aquellos maravillosos años, lejos de querer jaleo tan sólo pensaba en llegar a mi casa y disfrutar del silencio y la sensación de no tener nada que hacer.






PD: Si pensabais que no viviría otra situación surreal prepararos para la siguiente entrega: Vacaciones en Holanda con los niños y sin padres,